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GUIA GAY DE VITORIA

    Publicado por: zombi Fecha: 16:37 / 0 Comentarios

    Normandía no parecía un mal sitio. Puede que lloviera, pero tumbado en la arena no se estaba tan mal. La lluvia resbalando por la cara, tú quieto y el resto del mundo en movimiento. Yo tampoco me habría levantado jamás. No quería avanzar, no quería subir playa arriba, donde el ruido de las olas quedaba ahogado por las detonaciones. Donde la muerte era el zumbido de una sierra terrible.

    Entonces apareció él, o ello, o lo que fuera. Tenía una forma humanoide, hasta habían pintado su pecho metálico como si fuera una chaqueta militar. Cuando llegó a mi altura se detuvo un instante. Era imponente, unos dos metros de altura de brillante acero, reluciente por el agua. Llevaba una ametralladora Bren a modo de brazo izquierdo mientras su derecho marcaba el paso. Se detuvo y me miró. Me observó desde aquellas cuencas vacías donde la lluvia formaba lágrimas artificiales. Por un momento lo imaginé envidiando mi miedo. Pero fue sólo un segundo, siguió su avance, de nuevo inmutable, hacia el enemigo.

    Me giré un poco y seguí con la mirada el movimiento de aquella cosa. El resto de soldados corrían a su alrededor, se levantaban de sus coberturas ignorando el fuego enemigo, inspirados por aquel tótem de guerra, diseñado por alguna extraña mente en algún pueblecito perdido de la campiña inglesa...

    Y recordé mi hogar, mi familia y por qué luchábamos. Tal vez fuese por la vergüenza de ver a los demás dirigirse, sin aparentar miedo, playa arriba, pero finalmente dejé allí mi mayor carga, me levanté y corrí como el resto, sin mirar atrás. Como aquel soldado mecánico que podía pensar pero no sentir. Como nos habían ordenado, con el único fin de matar a aquellos hombres enemigos por venganza o amor a la patria.


    Al final del día nos dijeron que habíamos ganado la guerra. Yo sólo pensaba en volver a casa. Deseaba regresar a nuestro arroyo secreto y sentarme sobre las piedras calientes por el sol junto a quien más quería. Pero él nunca volvió. Se quedó en aquella playa dorada, donde yo le abandoné, sobre la arena fría, hermano en la muerte de más de cuatrocientos hombres.


    Esto es ficción. Nunca hubo robots en combate, pero sí que existieron en los centros de inteligencia. Durante la Segunda Guerra Mundial el contraespionaje fue decisivo. Descifrar los códigos enemigos fue vital. Gran parte de este trabajo lo llevaron a cabo máquinas automáticas diseñadas por Turing o basadas en sus algoritmos matemáticos.

    En 1952, cuando tenía 39 años, Alan Turing fue acusado de “indecencia grave y perversión sexual”. Se le dio a escoger entre la cárcel o la castración química. Optó por el que creyó que sería el menor de los males. Los estrógenos causaron mella en él. Dejado de lado por colegas y abandonado socialmente, se suicidó en 1954.

    Turing fue uno de los precursores de la informática moderna y de la inteligencia artificial. Fue un héroe de guerra en la sombra condenado al ostracismo. Sus trabajos en contraespionaje fueron desclasificados en 1970. En 2009, tras una petición popular, el Gobierno Británico hizo pública una disculpa por su procesamiento.

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